Nunca pensé que a los 60 años ocurriría algo tan extraño en mi vida. Una mujer que siempre había sido prudente, que había vivido según las reglas, dedicada toda la vida a su familia, esposo e hijos… de pronto perdió la cabeza una noche y terminó durmiendo con un hombre al que no conocía.
A la mañana siguiente, apenas abrí los ojos, el pánico y la sorpresa me golpearon con tanta fuerza que sentí que mi corazón dejaría de latir. Ese hombre estaba acostado a mi lado, tenía el cabello blanco, un rostro extraño, pero con una inquietante familiaridad que me helaba la sangre.

La noche anterior, en Delhi, había asistido a la fiesta de cumpleaños de un viejo amigo. Había bebido demasiado. Desde que mi esposo falleció, mis amigos solían aconsejarme que saliera más, para combatir la soledad. Al principio solo quería pasar un rato agradable, pero el alcohol y la música me arrastraron a un torbellino de emociones. Ese hombre —Rajiv— había llegado a la fiesta con un aire tranquilo y cortés. Conversamos mucho, y lo último que recuerdo antes de salir fue aceptar que me acompañara a casa.
Después todo quedó borroso. Apenas conservo la sensación de aquel apretón de manos, aquella mirada cautivadora, y sobre todo, esa soledad reprimida durante años que nubló mi juicio. Cuando desperté, me encontré en un apartamento desconocido en Gurgaon, junto a un hombre extraño. Todo mi cuerpo temblaba; tenía miedo y sentía que algo andaba mal.
Busqué desesperada mi teléfono, mi reloj… en ese instante él se giró un poco y sonrió:
—“Buenos días… ¿estás bien?” —su voz era suave, pero parecía esconder algo.
Mi corazón latía con fuerza descontrolada. Antes de que pudiera contestar, sus ojos se desviaron hacia la cabecera de la cama. Allí, una fotografía.
Esa foto me dejó paralizada: era Rajiv junto a alguien a quien conocía muy bien… mi difunto esposo, Anil.
Me quedé helada. Mi marido, que había muerto cinco años antes, ¿qué hacía en esa foto con Rajiv? ¿Qué relación tenían? De pronto, recuerdos olvidados regresaron: Anil rara vez hablaba de sus amigos de juventud, casi nunca mencionaba su pasado. Ahora entendía que había algo más: al menos una cercanía suficiente como para aparecer juntos en una foto, enmarcada en un lugar íntimo.
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