Si algo pasa, solo espero que Rajiv te proteja. Perdóname… por dejar tantos secretos atrás.”**
Las lágrimas nublaron mi vista. Durante cinco años había pensado que Anil me había dejado sola sin previo aviso. Pero la verdad era que él lo sabía, se había preparado, y hasta me había confiado a Rajiv: su mejor amigo, a quien yo jamás había conocido.
—“¿Sabía… de su enfermedad?” —susurré.
Rajiv asintió, con voz quebrada:
—“Anil sabía de su cáncer desde hacía tiempo. Yo le sugerí que te lo contara, pero él se negó. Dijo que si lo veías debilitarse día a día, sufrirías más. Así que prefirió irse en silencio, como si fuera repentino.”
Me llevé la mano al pecho; sentí que miles de agujas me atravesaban el corazón. Una parte de mí se sintió traicionada, otra llena de amor y dolor por Anil.
Rajiv me miró con ojos turbados:
—“Meera… hay algo más. Anil sabía que yo… siempre sentí algo por ti. Y en la carta escribió: ‘Si Rajiv te ama de verdad, espero que puedas hallar paz a su lado. No te quedes sola.’”
Me quedé sin palabras, temblando. Aquella carta era un consuelo y al mismo tiempo una carga insoportable.
Sí, había caído en los brazos de Rajiv… pero ahora descubría que quizá todo había sido parte del plan de Anil.
Lo miré, con rabia y con alivio al mismo tiempo. Mi corazón estaba dividido: la mitad seguía perteneciendo a Anil, la otra comenzaba a sentir algo por el hombre que tenía delante, el amigo que había guardado el secreto por cinco años.
—“Rajiv… ¿esto es el destino, o solo una cruel broma?” —pregunté en un susurro tembloroso.
Él no respondió. Solo me sostuvo la mirada durante mucho tiempo, y luego tomó mi mano.
En aquella habitación iluminada por la luz de la mañana, comprendí que la verdad era demasiado grande, demasiado compleja. Y que, a partir de ese momento, mi vida nunca volvería a ser la misma.
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