La bebé abrió los ojos de repente. Y Pavel vio algo en ellos que lo dejó sin aliento.
"A veces", dijo Zara, "el destino te da una pista. Lo principal es no ignorarla".
Se fue. Y nunca más la volvió a ver.
Pero cada vez que abría el historial de un paciente, Pavel Romanov lo revisaba todo dos veces. Porque sabía que un susurro podía salvar más vidas que el bisturí más afilado.
Pasaron varios días. Pavel no podía quitarse de la cabeza la imagen de Zara y su susurro. Cada mañana, llegaba a la clínica antes que todos, revisando pruebas, comparando historiales de pacientes y buscando hasta la más mínima discrepancia. Sus colegas empezaron a notarlo: Romanov se había vuelto retraído, tenso y apenas hablaba. Algunos lo atribuían al cansancio, otros a una mayor responsabilidad. Pero nadie sabía que un encuentro casual había cambiado su perspectiva de la medicina y del mundo.
Mientras tanto
La ciudad bullía con el escándalo en torno a la operación de Belov. El laboratorio donde se intercambiaron las pruebas cerró. La dirección de la clínica despidió a varios empleados. La historia del engaño rondó las noticias. Bogach intentó ocultar su implicación, pero Pavel lo comprendió: si no hubiera hecho caso a la advertencia, el hombre en la mesa de operaciones podría haber muerto y nadie sabría jamás la verdad.
Cada día, al pasar por la unidad de cuidados intensivos, Pavel pensaba en el bebé en brazos de Zara. No entendía por qué su susurro había resultado tan profético. Parecía que lo sabía todo de antemano, como si pudiera leerle la mente. El médico intentó racionalizarlo: «Coincidencia... Casualidad... Estadísticas». Pero la voz de Zara resonó en su cabeza mientras abría el historial de otro paciente: «Revisen las pruebas... delante de todos...».
Pasaron dos semanas. Pavel estaba casi seguro de que la historia había terminado. Y entonces, una noche, cuando se quedaba hasta tarde en la clínica, volvió a fijarse en ella. Zara estaba de pie en las escaleras, bajo la luz de la linterna, sosteniendo de nuevo al bebé. No habló, solo lo miró. Junto a ella había un hombre alto, con el pelo bien peinado y traje de negocios. Era Belov. El auténtico. Su sonrisa era discreta, casi agradecida.
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