Pavel Romanov siempre se consideró racional.

Y así, varios meses después, Pavel la volvió a ver. Esta vez, estaba de pie en la entrada de una nueva clínica que él estaba ayudando a abrir para pacientes de bajos recursos. Sonreía, el bebé en brazos dormía y sus ojos brillaban con una certeza que Pavel no podía comprender.

«Lo hizo todo bien, doctor», dijo. «Pero recuerde: cada día es una oportunidad para escuchar el susurro del destino». Pavel asintió, y por un instante pareció ver el futuro: cómo las personas que había salvado saldrían de la clínica sonriendo, cómo sus vidas cambiarían gracias a las pequeñas decisiones que tomaba a diario.

Sabía una cosa: ahora nunca se perdería lo verdaderamente importante. Nunca se perdería un susurro que pudiera salvar vidas. Y mirando la ciudad empapada por la lluvia, con el resplandor de las farolas en los charcos, Pavel sonrió. El mundo seguía lleno de azares, pero ahora veía un patrón tras ellos.

Y cuando Pavel volvía a abrir el historial de un paciente, siempre lo revisaba dos veces. A veces tres. A veces de noche, cuando todos ya se habían ido. Porque un encuentro casual, un susurro en una noche lluviosa, un momento de pausa, podía salvar más vidas de las que jamás hubiera imaginado.

Y Zara... desapareció tan repentinamente como apareció, dejando atrás solo el aroma de las hierbas, una ligera brisa y la sensación de que el mundo está lleno de maravillas, si tan solo sabes escuchar.

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