Me obligaron a salir a la calle el mismo día que enterraron a mi esposo, mientras reían, sin saber la verdad que llevaba conmigo.
En Monterrey, la lluvia no cae suavemente. Golpea con fuerza. Esa noche, atravesó mi fino vestido negro y se metió en la piel, filtrándose más profundamente que el frío, como si decidiera extinguir las pocas fuerzas que me quedaban. Me quedé de pie en una calle silenciosa de San Pedro Garza García, contemplando la casa en la que había vivido durante tres años, la casa donde había amado a Roberto hasta el final.
A mis pies yacía una sola bolsa de basura negra. Dentro estaba toda mi existencia: dos mudas de ropa, un viejo álbum de fotos con las páginas arrugadas y el certificado de defunción de mi esposo, recién sellado y aún irreal.
Detrás de mí, la pesada puerta de roble se cerró definitivamente.
La cerradura giró.
Entonces se oyeron risas.
Resonaban desde adentro: de mi suegra, doña Berta, y de los hermanos de Roberto, Carlos y Lucía.
Se reían.
Solo habían pasado cuatro horas desde el entierro de Roberto, y ya celebraban mi partida, desechándome como si fuera una molestia que finalmente habían borrado. Doña Berta apartó la cortina del piso de arriba lo justo para mirarme, con el rostro cuidadosamente arreglado por el luto y la voz aguda y satisfecha.
"¡Ve a buscar a alguien que te cuide ahora mismo!", gritó. "¡Mendigo inútil!".
Entonces la cortina se cerró, como si acabara conmigo.
Me abracé, intentando calmar el temblor. No era el frío lo que me hacía temblar.
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