“Soy Elena Van der Hoven”, dije. “Y acabo de comprar la deuda de esta empresa. Carlos, tengo auditorías. Tengo pruebas de tu malversación, tus viajes, tus apuestas mientras tus empleados esperaban sus nóminas”.
Carlos tembló.
—Se puede explicar…
—No me interesa. Tienes dos opciones: te demando por fraude y te pudres en la cárcel… o firmas la cesión completa de la empresa ahora. Renuncias a cualquier derecho sobre el legado de Roberto y te vas sin nada.
“¡No puedes!”, gritó Lucía. “¡Es nuestra empresa!”.
“Era la empresa de Roberto”, respondí. “Y lo estabas rompiendo.”
Arturo colocó los documentos frente a Carlos. Afuera, en el pasillo, dos hombres trajeados esperaban: no eran guardaespaldas. Eran auditores y autoridades financieras, listos para entrar si chasqueaba los dedos.
Carlos miró a su madre. Berta estaba derrotada. Por primera vez, la vi sin maquillaje por dentro: solo hambre.
Con manos temblorosas, Carlos firmó.
Cuando selló el último papel, lo guardé todo en mi carpeta.
—Ahora —dije—, ¡lárgate! ¡Fuera de mi compañía!
Berta intentó cambiar el tono, volverse dulce, manipuladora.
—Hija… no lo sabíamos. Éramos familia. Roberto querría que estuviéramos juntos. Tienes tanto… podrías ayudarnos.
La miré y sentí como si la lluvia de anoche volviera a caerme en la cara.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
