Pensaron que no valía nada después de la muerte de mi marido. Se equivocaron sobre mi secreto de 2.800 millones de dólares.

El rugido de un motor me sacó de mi ensoñación. Un Maybach negro mate blindado se detuvo frente a la cabina telefónica como si la noche misma se despidiera. Arturo se bajó del asiento del conductor: sesenta años, exsoldado, una cicatriz en la ceja y el mismo respeto sereno de siempre. Me abrió la puerta trasera y me protegió con un paraguas.

—Señorita Elena… está empapada.

—No importa. ¿Trajiste lo que te pedí?

Dentro del coche, olía a cuero nuevo y a seguridad. Arturo me entregó una tableta y una carpeta negra.

—El equipo de inteligencia trabajó rápido. Aquí está el estado de cuentas de la familia Garza.

Abrí la carpeta y, por primera vez esa noche, sonreí. Era un castillo de naipes.

La empresa de Roberto era la única que generaba dinero de verdad. Pero Carlos, que lo "ayudaba" durante su enfermedad, la había dejado en números rojos: desviaba fondos para juegos de azar y viajes. Berta había hipotecado su casa tres veces para mantener su estatus. Y Lucía... Lucía era una bomba de relojería con tarjetas de crédito y un préstamo con un prestamista local que no la condonaba.

Tenía el apoyo.

"¿Quién es el principal acreedor hipotecario?", pregunté.

—North Bank, señorita.

—Cómpralo.

Arturo parpadeó por el retrovisor.

—¿El préstamo?

—No. El banco. Haz una oferta irrechazable. Quiero tener esa deuda mañana a las nueve.

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