Pensaron que no valía nada después de la muerte de mi marido. Se equivocaron sobre mi secreto de 2.800 millones de dólares.

Arturo asintió y vi una leve sonrisa. Conocía esta faceta de mí. El lado que mi padre llamaba "la heredera".

—¿Adónde la llevo?

Miré por la ventana. La ciudad seguía brillando como si nada hubiera pasado, como si el mundo no se hubiera derrumbado.

—Al hotel más caro que tienen. Suite presidencial. Y Arturo… Necesito ropa. Mañana no quiero que vean a Elena, la bibliotecaria. Quiero que vean a la reina del mundo.

Esa noche dormí entre sábanas que parecían nubes, pero mi corazón seguía en la acera mojada. Lloré por Roberto una última vez, sin contenerme, y le prometí al vacío:

—Nadie se va a burlar de tu recuerdo. Nadie.

A la mañana siguiente, salió el sol como si la tormenta nunca hubiera sucedido. Me puse un traje blanco impecable, tacones que resonaban como una sentencia de muerte y gafas de sol oscuras. Mi cabello, que siempre había llevado recogido, caía en ondas perfectas. Cuando bajé al vestíbulo, Arturo ya estaba listo.

“El banco es suyo, señorita”, me informó. “Transferencia completada a las seis de la mañana. Usted es la dueña de la hipoteca de la casa de los Garza. Llevan tres meses de retraso”.

—Ejecute la cláusula de aceleración. Veinticuatro horas para pagar todo o desalojar. Envíe el aviso ahora.

—Listo.

Luego fuimos al edificio de Logística de Garza. El letrero de la entrada estaba desgastado. Roberto jamás lo habría permitido. Carlos lo había descuidado todo.

Entré. La recepcionista, la misma que me había mirado como si fuera polvo, ni siquiera me reconoció.

—Tengo una reunión con el Sr. Carlos Garza —dije con firmeza—. Represento a Vanguardia Holdings.

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