Su mirada bajó a mi bolso, luego a mi traje, y tragó saliva.
—S-sí… pase, por favor. Sala de juntas.
Caminaba.
Caminé por el pasillo y oí voces tras la puerta.
“Tienes que convencerlos, Carlos”, dijo Berta. “Necesitamos ese dinero. Esa mujer hambrienta seguro que nos pide pensión alimenticia. Tenemos que proteger nuestros bienes”.
—Tranquila, mamá. Estos inversionistas son extranjeros. Les estoy vendiendo una factura y nos están dando capital.
Abrí la puerta sin llamar. El silencio cayó como un mazazo.
Carlos estaba en la cabecera de la mesa con los pies en alto. Berta se retocaba el maquillaje. Lucía estaba hablando por teléfono. Se giraron y vi confusión: una mujer elegante y poderosa. Tardaron cinco segundos en reconocer mi rostro.
Carlos bajó los pies bruscamente.
—¿Elena? ¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste? ¡Seguridad!
Me senté en la silla del presidente, con la calma de quien ya ha tomado la decisión.
—No llames a seguridad, Carlos. Estoy aquí para la reunión.
“¿Qué reunión?” Berta se levantó, roja de rabia. “¡Te echamos ayer! ¿Robaste esa ropa? ¿Te estás… prostituyendo?”
Solté una risa suave, pero no era de alegría.
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