Pensé que había perdido a uno de mis gemelos el día que nacieron. Cinco años después, un momento en el parque destrozó todo lo que creía sobre esa pérdida.
Me llamo Lana. Cuando me puse de parto, esperaba traer a casa dos hijos. El embarazo había sido complicado: hipertensión, reposo absoluto, monitorización constante. Hice todo lo que me pidieron los médicos. Le hablaba a mi vientre todas las noches. "Aguanten, chicos", susurraba.
El parto se adelantó y se volvió caótico. Recuerdo haber oído a alguien decir: "Estamos perdiendo a uno", antes de que todo se desvaneciera.
Cuando desperté, el Dr. Perry estaba junto a mi cama, solemne. "Lo siento, Lana. Uno de los gemelos no sobrevivió". Solo vi a un bebé: Stefan. Débil y apenas consciente, firmé unos papeles sin leerlos. Me dijeron que su hermano había nacido muerto.
Les creí.
Nunca le dije a Stefan que tenía un gemelo. Me convencí de que el silencio lo protegería. Puse todo mi amor en criarlo. Nuestros domingos en el parque se volvieron sagrados: contando patos, risas, rizos brillando al sol.
Entonces, un domingo cualquiera lo cambió todo.
Pasábamos junto a los columpios cuando Stefan se quedó paralizado.
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