Confesó haber falsificado los registros. Le dijo al médico que el bebé no había sobrevivido. Se convenció de que era compasión; yo estaba sola, abrumada. Su hermana no podía tener hijos. Vio una oportunidad y la aprovechó.
“Me robaste a mi hijo”, dije.
“Le di un hogar”, respondió débilmente.
La rabia me invadió. Cinco años. Cinco años creyendo que mi hijo se había ido.
Exigí una prueba de ADN. Aceptó.
Los resultados lo confirmaron: Eli era mi hijo.
Su hermana, Margaret, lo había criado creyendo que yo lo había entregado voluntariamente. Cuando nos conocimos, le aterrorizaba que se lo llevara. Pero cuando vi a los niños juntos, riendo, construyendo bloques, compartiendo instintivamente, supe una cosa.
Ya había perdido cinco años. No iba a permitir que se perdieran el uno al otro.
Acordamos la custodia compartida, terapia y total honestidad. La enfermera perdió su licencia. Esto trajo consecuencias legales.
Esa noche, Stefan se acurrucó en mi regazo. "¿Lo volveremos a ver, verdad?".
"Sí", dije. "Es tu hermano gemelo".
Por primera vez en cinco años, el silencio entre mis hijos se había disipado.
No podía deshacer el pasado.
Pero elegí luchar por su futuro.
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