Pero, en la noche de bodas, un grito extraño resonó desde el dormitorio, y lo que vi me dejó sin palabras…

"Ocúpate de tus asuntos, pequeña insolente".

Luego tomó la mano de Larissa y entró en el dormitorio principal, el mismo que había compartido con mi madre durante más de treinta años. Le habíamos ofrecido redecorarlo todo antes de la boda, pero se negó:

"Dejarlo como está me da paz", dijo.

Alrededor de la medianoche, un ruido me despertó. Pensé que era el viento... o tal vez un gato en el jardín. Pero de repente, un grito. Un grito agudo. Aterrador.

Mi hermana y yo saltamos de la cama y corrimos a la habitación de nuestro padre. Tras la puerta, oímos la voz temblorosa de Larissa:

—¡No! ¡Por favor… no hagan esto!

Abrí la puerta de un empujón.

Y lo que vi ante mis ojos… me dejó sin palabras.

Mi padre sostenía un enorme ramo de flores que había preparado para ella; había planeado una sorpresa romántica, pero tropezó con la vieja alfombra, tirándolo todo al suelo. Larissa se desplomó en la cama, soltando un grito de miedo, y luego empezó a reír nerviosamente. Mi padre, rojo de vergüenza pero riendo, se disculpó mientras la ayudaba a levantarse.

En ese momento, comprendí que todo el miedo y el drama que había imaginado eran, en realidad, prueba de su amor. A pesar de la diferencia de edad, a pesar de esos largos años de soledad, por fin eran felices, y su vida juntos apenas comenzaba.

Esa noche, después de recoger las flores y calmar las risas, todos nos sentamos en la sala, aliviados. El grito que al principio nos aterrorizó se convirtió en una anécdota divertida de la que nos reiríamos durante años. Mi padre y Larissa se durmieron abrazados y, por primera vez en mucho tiempo, la casa volvió a sentirse completa.

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