Pidió en alemán solo para humillar a la camarera, riéndose de que "chicas como ella" jamás comprenderían una verdadera educación. Iris Novák se limitó a sonreír y le sirvió el vino impecablemente, porque habla siete idiomas y entendía cada insulto, incluyendo su plan de recortar la atención hospitalaria "poco rentable" que mantiene con vida a su abuela. Cuando la amenazó en alemán, ella respondió con perfecta fluidez, silenciando a la mesa. Esa noche, su abuela abrió una vieja carpeta con enlaces ocultos a su familia, e Iris se dio cuenta de que un solo idioma no solo desenmascararía a un millonario... sino que revelaría la verdad sobre su madre.
El comedor de The Golden Star brillaba como solo brillan los lugares ricos: luces de cristal, mantelería blanca, arrogancia discreta. Allí la gente no "veía" al personal. Se fijaban en los platos, no en las manos.
Iris Novák se movía entre las mesas con una bandeja firme y una sonrisa practicada. Había aprendido a mantener la calma, incluso cuando le ardían los pies y su orgullo se veía afectado.
En la cocina, el chef Benoît Leroux la sorprendió por medio segundo y murmuró: «Mantén la cabeza alta, Iris. La dignidad no necesita permiso».
Ella asintió rápidamente y siguió caminando, porque las facturas no se detienen para charlas motivadoras.
Entonces se abrieron las puertas principales y la sala cambió.
Klaus Falken, un conocido inversor, entró con su hijo Leon. Trajes caros, una confianza natural. El gerente prácticamente corrió a recibirlos.
Un minuto después, le dijeron a Iris: «Mesa siete. Ahora».
Se acercó, educada y neutral.
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