Iris le contó todo.
Helene escuchó sin interrumpir. Cuando Iris terminó, no pareció decepcionada.
Parecía… resuelta.
Helene abrió una vieja carpeta de cuero que Iris había visto cientos de veces, pero que nunca le habían permitido tocar.
Dentro había documentos, cartas y una fotografía: Helene estaba de pie junto a un hombre mucho más joven, vestido de traje.
La voz de Helene era tranquila, pero firme. “Ese hombre era el padre de Klaus Falken”.
Iris sintió que la habitación se tambaleaba.
Helene continuó: “Trabajé para esa familia hace años como traductora. Guardé secretos porque tenía miedo. Esta noche, hiciste lo que yo no podía: hablaste”.
A Iris se le hizo un nudo en la garganta. “¿Por qué no me lo dijiste?”
Helene tomó la mano de Iris. “Porque quería que estuvieras a salvo. Pero ya no eres una niña.”
Y entonces Helene pronunció la frase que cambió la comprensión de Iris sobre su propia vida:
“Tu madre no murió como te dijeron.”
Iris se quedó sin aliento.
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