Sonrió, sirvió y escuchó.
Klaus siguió hablando, otra vez en alemán, haciendo comentarios sobre sus manos, su trabajo, el tipo de vida que él suponía que tenía. Se lo estaba pasando bien. El idioma no se trataba de comunicación; era un disfraz para la crueldad.
Cuando Iris regresó con el vino, lo sirvió a la perfección: muñeca firme, medida exacta.
Klaus se recostó y dijo en alemán: “¿Ves? Ni un pestañeo. No ha entendido nada”.
Iris mantuvo la mirada suave y la postura serena. Porque había aprendido algo de su abuela hacía mucho tiempo:
El poder no es solo lo que dices.
Sino cuándo decides decirlo.
Y entonces Iris escuchó una frase, todavía en alemán, que le revolvió el estómago.
Klaus mencionó el Hospital Santa Brígida, el mismo hospital público donde la abuela de Iris recibió tratamiento. Habló de "eficiencia" y "cortes" como algunos hablan de podar flores, como si las vidas fueran números e inconvenientes.
Iris no soltó la bandeja.
No tembló.
Pero algo en su interior cambió de forma.
De vuelta en la cocina, el chef Benoît la observaba atentamente.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
