La medicación la mantenía estable, pero era cara. Cuando le aumentaron la dosis tras un brote severo en diciembre, el recibo de la farmacia hacía que Travis mirara el total como si estuviera escrito en otro idioma.
Trabajó turnos extra. Vendió su barco de pesca. Empeñé el brazalete de plata de Meredith.
A mediados de enero, los márgenes se habían desplomado.
La Mañana Que Se Rompió
Un martes, la escarcha cubrió de plata el césped fuera del dúplex. Juniper se despertó con fiebre alta, con la respiración agitada y superficial.
"Papá", susurró, "me está apretando otra vez".
El inhalador chisporroteó. Vacío.
Travis revisó su cuenta bancaria: menos de veinte dólares.
Llamó a su supervisor, Leonard Briggs.
"Solo necesito un pequeño adelanto", dijo con voz controlada. "Lo justo para conseguir su receta".
Hubo una larga pausa.
"La nómina está bloqueada", respondió Leonard. "Si la doblo para una persona, tengo que doblo para todos".
Travis terminó la llamada y se sentó junto a la cama de su hija, escuchando el ritmo irregular de su respiración.
Esa noche, se quedó en el estrecho pasillo del dúplex con la mano en el pomo de la puerta, sabiendo que algo en su interior se movía.
Farmacia Brookline Avenue
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