Mamá."
Dejé la carta en su buzón, donde solía encontrar recibos y solicitudes.
Luego apagué la luz, cerré la puerta y me fui. No hubo escena. Ningún portazo. Solo pasos en la escalera y la sensación de que por fin podía respirar.
Etapa 8. Mi hijo entiende el valor de los "restos fríos".
Seryozha apareció dos días después. Llamó muchas veces. No contesté.
Luego vino a mi apartamento y encontró la puerta cerrada y vacía. El vecino le dijo:
"Elena Dmitrievna se fue. Con una maleta. Como si hubiera estado esperando mucho tiempo".
Seryozha estaba seguro de que me encontraría ahora, me presionaría, me explicaría que "todo estaba mal". Fue al garaje. Lo abrió y vio un espacio vacío.
El pánico lo invadió.
Corría de un lado a otro, llamándome, llamando a Víctor, el guardia, llamando a sus amigos. Luego al notario. Y entonces oyó una voz tranquila y oficial:
"El trato es legal. La propiedad pertenecía a Elena Dmitrievna".
Seryozha se sentó en los escalones de la entrada, que siempre olían a gatos y cebolla frita, y por primera vez vio un mundo sin su certeza.
Porque lo había planeado. Casi había llegado a un acuerdo con el banco. Casi le había prometido a su suegro que "añadiría algo de dinero para el nuevo proyecto". Casi había vivido del dinero futuro, que consideraba "suyo".
Pero resultó que no era suyo. Igual que yo, a quien consideraba eterno.
Kristina lo llamó esa noche y le preguntó irritada:
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