Prometió una cena para dos, pero trajo a toda su familia.

"Porque nunca intentaste pensar. Simplemente te dejaste llevar por la corriente de mamá".

Maxim bajó la mirada. "Quiero arreglarlo."

"No se arregla con palabras", respondió Vera. — Negocios. Y uno largo.

Epílogo: Un aniversario sin velas, pero con la verdad
Una semana después, Maxim volvió a sugerir el restaurante.
Y por primera vez, dijo:

— Ya soy un apodo.

No invitó a nadie. Solo a nosotros.

Vera lo comprobó, y era cierto. Nadie había venido "por casualidad". Nadie había llamado: "Estamos aquí". Maxim apagó el teléfono durante una hora. Y se sentó con ella, no a su lado, sino juntos.

No se derrumbó al instante. La confianza no regresa como algo olvidado. Se construye de nuevo, ladrillo a ladrillo.

Pero esa noche, Maxim la miró y dijo en voz baja:

"Me di cuenta de una cosa. Si quiero una familia, tengo que elegirla todos los días. Y no solo cuando me conviene".

Vera sonrió, por primera vez en mucho tiempo, de verdad.

Porque a veces el amor no muere en un día.

Muere en las pequeñas cosas, cuando no te ven.

Y renace en las pequeñas cosas, cuando finalmente te notan.

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