“Todos sabían que había estado bebiendo. Ella le rogó que no condujera”.
Otro:
“Descansa en paz, querida”.
Y otro:
“Qué asco. Una familia perdió a su hija por su culpa”.
Conocí a Alison en un restaurante junto a la carretera. Era al menos diez años mayor que yo, con la cara descubierta y una mirada amable pero cansada. No me abrazó ni me ofreció cumplidos; simplemente deslizó una carpeta sobre la mesa.
“Todo es de dominio público”, dijo con suavidad. “No cavé ilegalmente. La mayoría de la gente simplemente no mira”.
Dentro había copias del informe del accidente, la suspensión de la licencia de Ben y el obituario de Rachel. En el informe oficial, Rachel no figuraba por su nombre, solo como “pasajera”.
Alison se inclinó hacia delante.
“No era solo una…
—Señor, Ella —dijo en voz baja—. Era su esposa. Mi hermana. Y odiaba conducir de noche. Solo se subía al coche porque él la empujaba.
—Me dijo que llovía —susurré—. Que perdió el control.
Alison soltó una risa suave y agotada.
—Eso suena a Ben. Siempre se le ha dado bien editar historias, sobre todo las partes que lo hacen parecer culpable.
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