No conmigo, sino con él. Con el niño que espera a su padre».
No respondió. Semanas, meses… silencio.
Pero una noche oí que llamaban a la puerta.
Allí estaba.
Anciano, exhausto, pero seguía siendo el mismo Caleb.
Se sentó en silencio a su lado, sacó el mismo papel del bolsillo y lo rompió.
—Soy un tonto —dijo en voz baja—. Debí haber creído con el corazón, no con números.
No pude responder. Solo lágrimas.
Se acercó a Lucas y se arrodilló.
—Lo siento, hijo.
Lucas lo miró y simplemente lo abrazó.
Sin palabras.
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