—¿Es esa la casa, señora? —preguntó Héctor.
—Sí, esa es mi casa, manchada por basura —respondí secamente.
El guardia de seguridad de la urbanización, al ver nuestro grupo, se acercó con cara de alerta.
—Disculpen, señora. ¿Qué se les ofrece? ¿Quién es usted?
Me quité las gafas de sol y miré al guardia.
—Soy Sofía de la Vega, la legítima propietaria de esta casa. Quiero entrar en mi propiedad. ¿Va a impedírmelo?
El guardia se quedó atónito. Reconocía el apellido de la Vega, una familia propietaria de muchos activos en la zona.
—Oh, disculpe, señora de la Vega, pero la señora Laura no ha avisado de ninguna visita.
—Laura es solo una ocupante gratuita aquí, señor, y hoy su tiempo de ocupación ha terminado —le corté con firmeza. Me volví hacia el cerrajero—. Señor, abra la cerradura. Si es difícil, rómpala. Yo pagaré los daños.
—A sus órdenes, señora.
El sonido de un taladro y una sierra rompió el silencio matutino de la lujosa urbanización. Los vecinos empezaron a asomarse por las ventanas, pero no me importó. Me mantuve erguida, con los brazos cruzados.
Clic.
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