—¿Intentando qué? Solo estás ahí sentado sin hacer nada. —Laura empezó a alzar la voz—. Dijiste que eras rico. Dijiste que tu mujer era solo una vaca lechera. ¿Dónde está la prueba? No puedes ni comprar una medicina para tu propio hijo.
Esas palabras abofetearon el ego de Ricardo. Miró el Rolex Submariner que llevaba en la muñeca. Era auténtico. Un regalo de cumpleaños de Sofía del año pasado. Su precio rondaba los 10.000 euros. Ricardo apretó los dientes. No tengo otra opción.
—Espera aquí. No te muevas —le ordenó Ricardo a Laura.
Ricardo salió a toda prisa del hospital. Recordaba una tienda de compraventa de relojes de lujo de segunda mano en una calle cercana. Aceleró el paso bajo el sol abrasador. El sudor empapaba su cara camisa. Al llegar a la tienda, Ricardo se quitó el reloj de inmediato.
—Quiero vender esto rápido. Necesito efectivo —le dijo Ricardo al dueño, un hombre de mediana edad con gafas.
El hombre examinó el reloj con una lupa.
—Mmm… Rolex Submariner. Auténtico, todavía en buen estado. ¿Tiene la caja y los papeles, señor?
Ricardo negó con la cabeza.
—No los llevo encima. Se quedaron en Madrid. Lo vendo así, tal cual.
El hombre sonrió de lado. Sabía que la posición de Ricardo era débil.
—Vaya, si no tiene los papeles, el precio baja mucho, señor. Podría ser robado, ya sabe.
—¡No soy un ladrón! Soy un empresario —gritó Ricardo ofendido—. Es mi reloj.
—Sí, señor, le creo, pero las reglas son las reglas. Sin papeles solo puedo ofrecerle 1.000 euros.
—¿Qué? —Los ojos de Ricardo se desorbitaron—. ¿Estás loco? Su valor de segunda mano es de al menos 7.000.
—Eso si estuviera completo, señor. Sin papeles es lo que hay. O lo toma o lo deja.
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