“Mi amor, Ricardo cariño, ya he llegado a Valencia. Estoy agotadísimo. Me voy a dormir ya. Besos. Te quiero.”
Reí con cinismo al leer el mensaje. Mis dedos teclearon una respuesta con calma.
“De acuerdo, cariño. Descansa bien. No te olvides de soñar bonito, porque mañana podrías despertar a una realidad sorprendente. Te quiero también.”
Envié el mensaje. Una sonrisa torcida se dibujó en mis labios. El juego había comenzado.
La luz del sol matutino se filtraba a través de las finas cortinas de la suite del hotel donde me alojaba. Me desperté no por la alarma, sino por la adrenalina que todavía bombeaba con fuerza en mi sangre. Apenas había dormido. Tenía los ojos hinchados, pero mi corazón era tan duro como el acero.
Cogí el teléfono de la mesilla de noche: las seis de la mañana. Tenía un mensaje de Héctor.
“Buenos días, señora de la Vega. Siguiendo sus instrucciones, a partir de las 6 de la mañana de esta mañana, todos los accesos financieros a nombre del señor Ricardo Morales conectados con la empresa y las cuentas conjuntas han sido congelados. Estado de la tarjeta de crédito corporativa: bloqueada. Acceso a la banca online: suspendido. También he localizado el GPS del coche de empresa. Su posición está en el aparcamiento del Hospital Nuestra Señora en Segovia.”
Sonreí levemente.
—Buen trabajo —murmuré.
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