Mia se desplomó en una silla; débil, no por miedo, sino por la posibilidad.
Afuera, llovía.
Adentro, alguien se había levantado.
La mañana siguiente se sintió irreal.
Mia despertó en su diminuta habitación alquilada: paredes desnudas, una cama estrecha, libros apilados por todas partes. Negocios. Psicología. Liderazgo. Los había estudiado en silencio durante años.
Su teléfono vibró.
Número desconocido.
Buenos días, Mia. Soy Isabelle Duval. El conductor llega a las 9 a. m. No llegues tarde.
La sede de Duval parecía otro mundo: cristal, acero, serena precisión. Sin gritos. Sin pánico. Todos se movían con determinación.
Los susurros la seguían.
“Esa es la camarera…”
“La de Le Ciel…”
Caminó erguida. Con la cabeza bien alta.
En la sala de conferencias estaban sentados Laurent, Isabelle y los altos ejecutivos.
“No te contratamos por lástima”, dijo Isabelle.
“Lo sé”, respondió Mia.
“Te contratamos”, añadió Laurent, “porque demostraste algo que ningún MBA puede enseñar”.
“¿Qué?”, preguntó Mia.
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