El silencio que cayó sobre la sala fue tan espeso que casi se podía tocar.
Camila fue la primera en reaccionar.
—¿Qué?
No fue una pregunta. Fue un chillido.
Juan palideció.
—Mamá… ¿de qué estás hablando?
—De esta casa —respondí, señalando alrededor—. La vendí el viernes pasado. Ante notario. El dinero ya está en mi cuenta. El nuevo dueño toma posesión el lunes. Tienen hasta el viernes para sacar sus cosas.
Sebastián miró a su padre, luego a mí, sin entender. Valeria empezó a hacer pucheros porque percibió que algo estaba mal. Camila agarró los papeles con las dos manos y empezó a leerlos sin leerlos, pasando las hojas demasiado rápido, buscando el lugar exacto donde la realidad se volviera mentira.
—No puede ser —murmuró—. No puede ser cierto.
—Claro que es cierto —dije.
Juan se dejó caer en una silla como si le hubieran quitado los huesos.
—Mamá… ¿por qué?
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