El cuidado ocasional se convirtió en jornada completa. Cocinar, lavar, limpiar, tender camas, bañar niños, recoger juguetes, preparar loncheras, revisar tareas, calmar fiebre, planchar uniformes, doblar ropa, trapear pisos, atender visitas, pelar verduras, recoger platos. Todo. Yo lo hacía todo. Camila y Juan salían temprano y regresaban tarde. Llegaban cansados de la oficina y yo, que llevaba desde el amanecer haciendo labores físicas sin sentarme más que para pelar papas, no tenía derecho a estar cansada porque “yo estaba en casa”.
Esa frase me perseguía.
—Ay, suegra, pero usted está aquí.
Como si la casa se limpiara sola. Como si las tortillas se inflaran por fe. Como si los bebés se cargaran con magia.
Mi día empezaba a las cinco de la mañana. A veces antes. Valeria lloraba desde la recámara principal y Camila gritaba mi nombre sin levantarse de la cama. Yo salía del cuarto de servicio medio dormida, calentaba leche, mecía a la niña mientras con el pie apartaba juguetes tirados. Luego el desayuno: huevo, fruta, café, licuados, lonches. Sebastián se ponía caprichoso. Juan pedía la camisa azul. Camila preguntaba si había planchado el vestido de la junta. Nadie decía buenos días mirándome a los ojos. Me hablaban como se le habla a un reloj de pared: solo cuando deja de funcionar.
A las siete y media los veía salir perfumados, peinados, llevando loncheras que yo había preparado. Entonces empezaba la segunda parte del día. Lavar trastes. Tender camas. Barrer. Trapear. Recoger el desastre que habían dejado antes de irse. Si Valeria estaba enferma, no había descanso. Si Sebastián salía temprano, tampoco. Al mediodía yo ya llevaba encima una jornada que habría tumbado a cualquiera, pero todavía faltaba la comida, la tarea, los baños de los niños, la cena y el trabajo nocturno.
Comía de pie. A veces ni comía. Me tragaba una tortilla fría mientras lavaba. Mi cuerpo empezó a avisarme que algo andaba mal mucho antes de que yo quisiera admitirlo. Primero fue un tirón en la espalda baja cuando cargaba a Sebastián. Luego un hormigueo en la pierna derecha. Después el dolor constante, una línea ardiente que me cruzaba la cintura y subía hasta los hombros. Yo seguía.
Porque en las casas mexicanas hay un mandamiento no escrito que mata a muchas mujeres: mientras puedas moverte, no estás tan mal.
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