Salí de casa para comprar un juguete para el cumpleaños de mi hija. Volví a casa y encontré silencio y una nota que lo cambió todo.

La mañana del tercer cumpleaños de su hija, Callum salió a comprar un regalo. Al regresar, la casa estaba inquietantemente silenciosa. Su esposa se había ido. Una nota lo esperaba. Y mientras la verdad comenzaba a salir a la luz, Callum se vio obligado a afrontar lo que realmente significaba el amor, la pérdida y quedarse atrás.

Al cruzar la puerta principal, el silencio me impactó de inmediato.

No sonaba la radio. Ni una suave canción en la cocina. Solo el tictac constante del reloj y el zumbido sordo del refrigerador.

El pastel de cumpleaños estaba sin terminar en la encimera. El glaseado oscuro manchaba el tazón como si alguien se hubiera detenido a mitad de camino. Un cuchillo descansaba contra el borde, abandonado, y un globo flotaba cerca del techo, con la cinta enrollada en el tirador de un armario.

"¿Jess?", grité, con una voz más aguda de lo que pretendía.

No hubo respuesta.

La puerta del dormitorio estaba abierta. Entré y me quedé paralizada. El lado del armario de Jess estaba vacío. Las perchas de flores que tanto le gustaban se mecían suavemente, como si las hubieran movido hacía un momento. Faltaba su maleta. Y casi todos sus zapatos.

Me apoyé en la pared mientras caminaba por el pasillo, arrastrando ligeramente la pierna. Evie dormía en su cuna, con los labios entreabiertos y una manita apoyada en la cabeza de su pato de peluche.

"¿Qué demonios pasa, Jess?", murmuré, despertando a Evie con cuidado.
Se me revolvió el estómago.

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