"Nunca te decepcionaré, pequeña", dije, dándole golpecitos en la pierna para despertarla antes de dirigirme a la puerta. "Vuelvo pronto". Todo parecía tan normal. Familiar. Seguro.
La normalidad que solo existe justo antes de que todo se rompa.
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El centro comercial se sentía especialmente ruidoso, aunque los sábados solían serlo. Terminé aparcando mucho más lejos de lo que quería; los espacios más cercanos ya estaban llenos. Me abrí paso entre la multitud lentamente, aliviando el peso de la prótesis al caminar.
La piel detrás de mi rodilla estaba en carne viva otra vez, irritada por la fricción constante.
De pie en la fila con la muñeca pegada a mi costado, mis ojos se posaron en una exposición de mochilas infantiles: colores brillantes, animales de dibujos animados, cremalleras brillantes. Algo en la espera, el dolor sordo en lo que me quedaba de pierna, me hizo recordar.
Tenía veinticinco años cuando sucedió. Mi segundo despliegue. En un instante cruzaba un camino polvoriento en un pequeño pueblo con mi unidad, y al siguiente hubo una explosión: calor, fuego, metal chirriando en el aire.
Más tarde, me dijeron que el médico casi me pierde en el caos de polvo y sangre.
La recuperación fue larga y brutal. Tuve que volver a aprender a ponerme de pie, a mantener el equilibrio, a existir en un cuerpo que ya no sentía como mío. Algunos días odiaba tanto la prótesis que quería tirarla por la ventana y desaparecer.
Otros días, casi lo hacía.
Pero Jess estaba allí cuando llegué a casa. Todavía recuerdo cómo le temblaban las manos la primera vez que me vio.
"Ya lo solucionaremos", susurró. "Siempre lo hacemos".
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