Tres semanas después, Carmen y Adrián se mudaron a un apartamento en Chamberí, cortesía de Alejandro. Dos habitaciones, cocina moderna, vista al parque: un paraíso comparado con la habitación de Lavapiés. Alejandro pagó la universidad de Carmen, le consiguió un trabajo de medio tiempo en su empresa y contrató una niñera para cuando ella estudiaba. Pero lo que ninguno de los dos esperaba era cómo sus vidas empezarían a entrelazarse.
Alejandro pasaba cada tarde con ellos. Oficialmente, para asegurarse de que todo iba bien. En realidad, buscaba algo que nunca había tenido: paz. Ver a Carmen estudiar mientras Adrián dormía en la cuna, escuchar la risa del bebé, sentir la calidez de una familia improvisada. Era algo nuevo para él, tan valioso como inalcanzable en su mundo de negocios.
—¿Por qué haces todo esto por nosotros? —preguntó Carmen una tarde, mientras preparaban la cena juntos.
Alejandro dudó. ¿Cómo explicarle que ella le había dado más de lo que él jamás le había dado a ella? —Porque ustedes me han salvado —respondió al fin.
—¿Nosotros te hemos salvado? Fuiste tú quien salvó a Adrián.
—No, Carmen. Ustedes me han salvado de ser solo un hombre rico y vacío.
Carmen lo miró con ternura. —¿Qué te pasó? ¿Por qué tienes tanto miedo de ser amado?
Esa noche, por primera vez en su vida, Alejandro le contó su historia: el abandono en el orfanato, la infancia sin familia, la promesa de no depender nunca de nadie. —No sé cómo se ama de verdad —confesó—. Nunca tuve a nadie que me lo enseñara.
Carmen tomó su mano. —El amor se aprende. Y si quieres, podemos aprender juntos.
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