Se arrodilló junto a la mesa que había puesto en la acera, acunando a su bebé. «Por favor, no quiero su dinero, solo un momento de su tiempo». El hombre del traje levantó la vista de su copa de vino, sin saber que sus palabras harían añicos todo lo que creía saber.

Claire lo miró fijamente a los ojos. «Porque eras la única esta noche que no estaba mirando el móvil ni riéndose con el tercer plato. Simplemente… estabas en silencio. Como si supieras lo que es estar sola».

David bajó la mirada a su plato. Tenía razón.

Diez minutos después, Claire estaba sentada frente a él. Lily, aún dormida, descansaba contra ella. David había pedido otro vaso de agua y un panecillo caliente con mantequilla.

Permanecieron en silencio un momento.

Entonces David preguntó: «¿Dónde está el padre de Lily?».

Claire no se inmutó. «Me dejó en cuanto se lo conté».

«¿Y tu familia?».

«Mi madre murió hace cinco años. Mi padre… no le hablo desde que tenía quince».

David asintió. «Sé lo que se siente».

Claire pareció sorprendida. «¿De verdad?».

«Crecí en una casa llena de dinero y vacía de afecto», explicó. «Uno aprende rápido que el dinero no compra el amor».
Ahorro e inversión
Claire permaneció en silencio durante un largo rato.

Luego susurró: «A veces me siento invisible. Como si, si Lily no existiera, yo desaparecería».

David metió la mano en su chaqueta y sacó una tarjeta de visita. «Dirijo una fundación. Se supone que es para el “desarrollo juvenil”, pero, sinceramente, la mayoría de las veces solo sirve para obtener una deducción fiscal».

Dejó la tarjeta sobre la mesa. «Mañana por la mañana, quiero que vayas. Diles que te envío yo. Tendrás un techo sobre tu cabeza. Comida. Pañales. Y, si quieres, un consejero». —Quizás incluso un trabajo.

Claire miró la tarjeta como si fuera de oro.

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