—Te ayudaré, pase lo que pase. —No —dijo ella en voz baja—. No quiero que me cargues, David. Quiero caminar a tu lado. ¿Entiendes?
Él asintió. —Más de lo que te imaginas.
Un año después, Claire estaba en el escenario del modesto auditorio de un colegio comunitario, con un certificado en desarrollo infantil temprano en la mano: su primer paso hacia la licenciatura en trabajo social.
David estaba sentado en primera fila, con Lily en brazos, quien aplaudía más fuerte que nadie.
Cuando Claire los miró —con su bebé en brazos de David y lágrimas mezcladas con su sonrisa— fue evidente:
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No solo la habían salvado.
Había resucitado.
Y se había llevado consigo al hombre que le había devuelto la vida.
Más tarde esa noche, regresaron a la acera donde todo había comenzado. El mismo bistró, la misma mesa.
Solo que esta vez, Claire también estaba sentada.
Y, sentada en una pequeña trona entre ellos, Lily mordisqueaba un palito de pan y reía mientras pasaban los coches.
Claire se giró hacia David y le susurró: —¿Alguna vez has pensado que aquella noche fue el destino?
Él sonrió. —No.
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