“¡Primer puesto — Miguel Ramos!”
Me levanté temblando y caminé al escenario.
Mientras recibía la medalla, los aplausos llenaban el lugar.
Pero cuando tomé el micrófono… el silencio cayó.
“Gracias a mis profesores, a mis compañeros, y a todos los presentes.
Pero sobre todo, gracias a la persona que muchos de ustedes solían despreciar — a mi madre, la recolectora de basura.”
Silencio.
Nadie respiraba.
“Sí, soy hijo de una basurera.
Pero si no fuera por cada botella, cada lata y cada pedazo de plástico que recogió,
yo no tendría comida, ni cuadernos, ni estaría aquí hoy.
Por eso, si hay algo de lo que estoy orgulloso, no es de esta medalla…
sino de mi madre, la mujer más digna del mundo, la verdadera razón de mi éxito.”
El gimnasio entero quedó mudo.
Luego escuché un sollozo… y otro…
Hasta que todos —maestros, padres, alumnos— estaban llorando.
Mis compañeros, los mismos que antes me evitaban, se acercaron.
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