“Miguel… perdónanos. Estábamos equivocados.”
Sonreí con lágrimas en los ojos.
“No pasa nada. Lo importante es que ahora saben que no hay que ser rico para ser digno.”
Después de la ceremonia, abracé a mi madre.
“Mamá, esto es para ti.
Cada medalla, cada logro… es para tus manos sucias pero tu corazón limpio.”
Ella lloró mientras acariciaba mi rostro.
“Hijo, gracias.
No necesito ser rica… ya soy la más afortunada porque tengo un hijo como tú.”
Y ese día, frente a miles de personas, comprendí algo:
la persona más rica no es la que tiene dinero,
sino la que tiene un corazón que ama, incluso cuando el mundo la desprecia.
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