La habitación se congeló.
Las enfermeras se acercaron rápidamente, intentando calmarlo, explicándole que partos como este requerían verificación, que aún no se había registrado nada oficialmente, que la ciencia ofrecía explicaciones. Hablaron de pruebas. De tiempo. De razón.
Javier no escuchó.
Me señaló como si fuera algo podrido.
“No soportaré esta vergüenza”, dijo con frialdad.
Y luego se dio la vuelta y salió.
No pidió explicaciones.
No pidió pruebas.
No miró atrás.
La puerta se cerró detrás de él con un suave clic que resonó más fuerte que su grito.
Me dejaron allí, sola, con cinco recién nacidos y un silencio tan pesado que me sofocaba. Las enfermeras evitaban mi mirada. Se oían susurros por el pasillo. Nadie sabía qué decirme.
Yo tampoco sabía qué decir.
Simplemente acerqué a mis bebés más cerca y lloré en silencio, con miedo de que si hacía algún sonido, me desmoronaría por completo.
Los días que siguieron fueron peores.
Los rumores se extendieron como veneno.
Me seguían miradas incómodas por toda la sala.
Algunos creían que les había sido infiel.
Otros murmuraban sobre un error del hospital.
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