Se hizo pasar por una silla de ruedas para poner a prueba a su esposa: lo que vio en cómo trataba a sus hijos lo destrozó.

Era lo que estaba oyendo. Un matrimonio sin piedad
Madeline Hawthorne paseaba por la habitación; el sonido de sus tacones contra el suelo de mármol era agudo. Una copa de vino colgaba suelta en su mano. No miró a Julian mientras hablaba.

"¿Sabes?", dijo con indiferencia, "nunca imaginé que terminarías así".

Se detuvo cerca de la cama e inclinó la cabeza, observándolo como si fuera un objeto roto.

"El poderoso Julian Hawthorne. Reducido a respirar y parpadear".

Rió. Brevemente. Vacía.

"Mañana por la mañana firmarás la transferencia legal. Pleno poder. Cuentas, propiedades, todo".

Se acercó.

"Y luego me aseguraré de que te ubiquen en un lugar... tranquilo. Asequible. No voy a malgastar mi vida limpiándote la barbilla".

Julian sintió que la ira le subía al pecho, aguda y sofocante. Años de disciplina lo mantenían inmóvil. Su rostro permanecía inexpresivo. Su mirada apagada.

Él no se movió.

Estaba esperando.

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