Una mujer en una silla de ruedas bañada en oro salió. Llevaba un hermoso vestido rojo lleno de diamantes. Su cabello estaba recogido, su rostro era fresco y feroz.
Mara.
La copa de vino que Leo sostenía cayó. Se hizo añicos en el suelo.
"¿M-Mara...?", susurró Leo. Se puso pálida como el papel.
Su secretaria, Sheila, soltó el brazo de Leo. "¡¿Es tu esposa?! ¡¿Dijiste que estabas divorciada?! ¡¿Es la dueña?!"
Mara siguió corriendo.
La silla de ruedas la llevó al centro del escenario. El director ejecutivo le entregó el micrófono con gran respeto.
Todo el salón quedó en silencio.
"Buenas noches", saludó Mara. Su voz rebosaba fuerza. "A muchos de ustedes, no los conozco. Porque a menudo, la gente como yo... se esconde. Les da vergüenza. Los llaman 'carga'".
Mara miró directamente a Leo.
"Había un empleado aquí que me acaba de decir... que no era apto para esta fiesta porque no podía estar de pie. Que su imagen se arruinaría si tuviera a un lisiado con él".
La gente murmuraba. "¿Quién es ese? ¡Es el peor!".
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