Se Quedó Helado al Verla en el Mercado: Era Igualita a su Madre Muerta… y el Secreto que Descubrió Cambió su Destino para Siempre

Rosa, por su parte, notó un temblor inexplicable en el pecho. No era compasión, no era simple sorpresa: era reconocimiento, como si una parte de ella hubiese sido llamada por su nombre.

—¿Tienes hambre, pequeño? —preguntó ella, con voz tibia, como una manta.

Tomás abrió la boca, pero no le salió nada. Tragó saliva. Los ojos le brillaron.

—Te pareces a mi mamá —murmuró al fin, con un hilo de voz.

Rosa se agachó despacio hasta quedar a su altura. Una llovizna finísima empezó a caer, mojándole el pelo al niño.

—¿A tu mamá? ¿Cómo se llamaba?

Tomás rebuscó en su memoria como quien busca una luz en una habitación oscura.

—Alma —dijo, y el nombre quedó suspendido en el aire, pesado, sonoro.

A Rosa se le erizó la piel. Alma. Ese nombre había vivido toda su vida en los cuentos de su madre: la hermana gemela perdida al nacer, la que se esfumó entre papeles y silencios, la herida que nunca cerró. Rosa sintió que el mundo le hacía una pregunta demasiado grande.

Tomás metió la mano dentro de su camisa y sacó una medalla de plata colgada de un hilo. En el centro había una foto gastada de una mujer joven que sonreía. Rosa la tomó con cuidado… y el aire se le escapó del pecho. Era como mirarse en el espejo de un pasado imposible.

—¿Dónde está ella ahora, cariño? —preguntó, con la garganta apretada.

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