Rosa sonrió, intentando que la voz no se le quebrara.
—No me digas “señora”. Llámame Rosa.
Esa noche lo llevó a su casa, una vivienda sencilla, con olor a sopa y a leña. Tomás se durmió en una esquina sobre un saco de patatas, abrazado a la manta como si abrazara la única certeza que tenía. Rosa lo observó largo rato, removiendo la sopa sin necesidad, pensando en Alma, en la medalla, en la foto, en la coincidencia que ya no parecía coincidencia.
Al amanecer, Tomás despertó sobresaltado por un trueno. Rosa le acercó un plato humeante.
—Come un poco. Te hará bien.
El niño tomó la cuchara y, entre bocado y bocado, susurró:
—Mi mamá también hacía sopas… decía que cuando llueve, el alma necesita calor.
Rosa se quedó quieta. Esa frase… era la misma que su madre repetía cada invierno. Sintió que las rodillas le flaqueaban.
Tocaron la puerta. Don Ernesto entró empapado, sin esperar permiso, con la preocupación pintada en la cara.
—Perdona, Rosa. Quería saber si el niño está bien.
—Está mejor. Come como si llevara días sin probar nada.
El anciano se inclinó hacia Tomás y lo observó con atención, como si buscara un recuerdo en sus ojos.
—Tienes la mirada de alguien que conocí hace mucho —murmuró—. Este chico no ha llegado aquí por casualidad.
Luego giró hacia Rosa.
—Si quieres, puedo preguntar discretamente. Tal vez alguien lo esté buscando.
Rosa apretó la medalla en la mano, sintiendo el metal frío.
—Hazlo… pero en silencio. No quiero que cualquiera venga a llevárselo.
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