…eso la hizo detenerse en lugar de interrumpirlo.
Patricia respiró hondo y le indicó que tomara la silla junto al mostrador. Daniel obedeció, apoyando las manos con cuidado sobre los muslos, como si temiera que incluso el más mínimo movimiento fuera un error.
—De acuerdo —dijo con más suavidad—. Lo haremos con cuidado. Paso a paso.
Le hizo una señal a un asociado sénior y le pidió en voz baja un escritorio lejos de la planta principal. Mientras caminaban, los murmullos los seguían como ecos. Daniel sentía el peso de cada mirada, pero fijó sus pensamientos en la cocina de su abuelo: el linóleo descascarillado, el olor acre del café, la mano callosa que solía apretarle el hombro para tranquilizarlo.
Robert Ramírez había pasado su vida en una fábrica. Cuatro décadas de turnos de madrugada, articulaciones doloridas y sueños pospuestos. Nunca confió en los bancos. Confió en lugares ocultos: cajones, frascos, silencio. Cuando falleció, el apartamento se sintió vacío. Sin testamento. Sin pólizas. Solo la maleta. La abuela de Daniel tembló al ver el dinero. No de alivio, sino de temor. «Este dinero cambia a la gente», susurró. «Prométeme que no dejarás que te cambie».
En el mostrador, Patricia hizo preguntas directas. Daniel respondió sin dudarlo. Sus documentos. Los papeles de su abuela. La historia seguía siendo coherente.
Seguridad examinó los billetes. Viejos números de serie. Moneda legítima. Años de ahorro, doblados y apilados pacientemente. Ninguna señal de alerta. Ninguna irregularidad.
La tensión no estalló; se disolvió en un silencio atónito.
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