Se rieron cuando el pobre muchacho entró al banco llevando una bolsa gastada.

«Esto es suficiente para abrir una cuenta segura», dijo Patricia finalmente. «Y establecer un fideicomiso. Para la educación. Para lo que viene después».

Daniel asintió, inseguro de los detalles técnicos, pero confiando en la firmeza de su voz.

Mientras se procesaban los formularios, el vestíbulo reanudó su bullicio. El hombre que se había burlado antes no levantó la vista. La mujer elegante se dio la vuelta al pasar Daniel.

Cuando Patricia le entregó el recibo, dudó.

"Te das cuenta", dijo, "que muchos adultos no entran aquí con la mitad del coraje que tú".

Daniel se encogió de hombros levemente. "Mi abuelo siempre decía que el dinero es solo papel. Lo que importa es cómo actúas".

Esa noche, Patricia no podía quitarse de la cabeza su imagen. Qué rápido se formaba el juicio. Cómo la dignidad a menudo llegaba silenciosamente, con zapatos gastados.

Semanas después, la historia circuló, no como un escándalo, sino como una esperanza. Un titular local decía: "Un joven entra al banco con un viejo bolso y sale con un nuevo futuro".

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