Se rieron cuando el pobre muchacho entró al banco llevando una bolsa gastada.

Daniel no cambió. Seguía caminando a la escuela. Seguía compartiendo almuerzos. Seguía ayudando a su abuela a pagar las facturas: la luz, la comida, los pequeños gastos que antes le parecían abrumadores.

El tiempo pasó.

Daniel terminó la preparatoria como el mejor de su clase. Le siguió la universidad. Eligió las finanzas, no para perseguir la riqueza, sino para comprenderla. Nunca olvidó las miradas de aquel primer día. Los susurros.

En su primera mañana como becario, cruzó las mismas puertas del banco. El mismo suelo de mármol. El mismo eco.

Patricia lo reconoció al instante.

"Te portaste bien", dijo sonriendo.

Daniel le devolvió la sonrisa.

"Así me enseñó mi abuelo".

Y en ese instante, la bolsa, el dinero y la duda se desvanecieron en el pasado. Lo que quedó fue esta verdad: cuando la dignidad se protege, se convierte en algo intocable, algo de lo que nadie volverá a burlarse.

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