Las cabezas se giraron. Se oyeron murmullos. Alguien levantó un teléfono.
Mason me vio a mitad de sus votos. Vi el instante preciso en que su confianza se quebró, como el hielo cediendo bajo un paso pesado. Le susurró al oficiante y luego caminó hacia mí con la misma sonrisa practicada que usaba en las salas de juntas. Cuando llegó a mi lado, su voz se volvió algo solo para mis oídos.
"¿Qué haces aquí?", gruñó.
No parpadeé. "Dándote lo que olvidaste", murmuré, "y tomando lo que robaste".
Su mirada se fijó en el sobre. "Estás loco", dijo, aunque le temblaba la mano al agarrarlo.
Detrás de él, la sonrisa de Sloane flaqueó. El oficiante dudó. La música se apagó. Mason arrancó el sobre justo cuando Noah se movía, soltando un pequeño grito que resonó por toda la sala.
Mason hizo una mueca. "Ahora no", murmuró, sin mirar ni una sola vez a su hijo.
Entonces Diane Carter se adelantó desde una mesa cercana, sosteniendo su teléfono como si fuera su identificación.
"De hecho", dijo con voz serena, "ahora es perfecto".
La música se detuvo.
Un silencio denso e inmóvil se extendió por el salón. Los invitados se quedaron paralizados. Mason apretó el sobre como si aplastarlo pudiera borrar la verdad que contenía. Se giró hacia el público con esa sonrisa política tan familiar.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
