"Me convierte en madre", respondí, meciendo a Noah, que gemía. "Y te convierte en un hombre responsable". El rostro de Sloane se endureció, volviéndose gélido.
“Me dijiste que era ‘inestable’”, susurró. “Me dijiste que este bebé no era tuyo”.
Los ojos de Mason buscaron una salida, una puerta, una vía de escape que no lo destruyera.
“Sloane, escucha…”
Pero Diane no había terminado. Levantó un segundo documento. “Y este”, añadió, “es el acuerdo de indemnización que le impuso durante su embarazo, con una cláusula que conlleva sanciones por mala conducta hacia un empleado”.
Mason se estremeció.
“¿Empleado?”
Levanté la barbilla.
“Trabajaba para su empresa. En su oficina. Y se aseguró de que lo perdiera todo en cuanto me embaracé”.
Los invitados miraron a Mason como si lo vieran por primera vez: sin traje, sin palabras, sin fachada.
Sloane retrocedió un paso, como si el toque de Mason le quemara.
Y Mason comprendió, por fin: ya no controlaba la sala.
Intentó un último reflejo: convertir su ira en un arma. Alzó la voz, lo justo para parecer indignado.
"¡Miente!", exclamó. "Vino a extorsionarme". "Está obsesionada".
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