Lo miré, luego al mar de rostros listos para elegir una versión de los hechos. No supliqué. No lloré. Simplemente saqué el teléfono del bolsillo.
"Grabé la noche que me dejaste fuera", dije.
Abrió los ojos de par en par por un instante —de puro miedo— antes de reaccionar.
"Eso es ilegal", espetó.
Diane ni siquiera parpadeó.
"Es admisible en este estado", respondió con calma. "Y ya lo hemos añadido al expediente".
La voz de Sloane tembló.
"Mason... ¿de verdad hiciste eso?"
Mason abrió la boca y luego la cerró. No se le ocurrió ningún comentario ingenioso ni ninguna frase encantadora. Estaba demasiado acostumbrado a verme sola.
Un hombre cerca del frente —un inversor, reconocí— dejó lentamente su copa de champán.
"¿Es por eso que querías adelantar la fecha de la fusión?" —preguntó—. ¿Porque lo sabías?
Mason espetó:
—No tiene nada que ver con los negocios.
Pero sí. Con Mason, todo eran negocios. Todo era estrategia. En la sala, los murmullos cambiaron: ya no eran chismes, eran decisiones. La gente se distanciaba, se protegía, salvaguardaba su reputación.
Las manos de Sloane se apretaron contra su vestido.
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