Seis semanas después de que Mason nos empujara a mí y a nuestro recién nacido a una ventisca cegadora, aún podía oír sus últimas palabras resonando en mi mente: "Lo lograrás. Siempre lo logras". Y ahora aquí estaba, de pie en el fondo de su brillante boda: luces doradas, risas a todo volumen, copas tintineando como si nada se hubiera roto. Mi bebé dormía contra mi pecho, cálido y pesado, y en mi mano, un sobre sellado me quemaba la palma como una brasa. Cuando Mason me vio, su sonrisa se quebró. La máscara del esposo perfecto se desvaneció por un segundo, lo justo para que viera el pánico en sus ojos. Se inclinó hacia mí, con la mandíbula apretada. "¿Qué haces aquí?", siseó, sin atreverse a levantar la voz. No me moví. Simplemente acerqué a mi bebé y susurré, lo suficientemente suave para que solo él lo oyera: "He venido a devolverte lo que 'olvidaste'... y a recuperar lo que me robaste". Y en ese preciso instante, la música se detuvo.

Mientras caminábamos de vuelta por el pasillo, la gente se apartó sin que nadie se lo pidiera.

Alguien susurró: "Es valiente". Otro: "Ese bebé..."

Afuera, el aire era gélido, pero no había ventisca. Solo invierno, normal, soportable, como si el mundo hubiera dejado de ayudar a Mason a fingir.

En el coche, Diane me miró.

"¿Listos para lo que sigue? El

El tribunal. La prensa. Todo.

Miré a Noah. Por primera vez en semanas, mi corazón no flaqueó.

"Estoy listo", dije. "Porque ya no estoy solo".

Y tú, si hubieras estado en esa sala... ¿qué habrías hecho? ¿Te habrías quedado callado o habrías hablado, comprendiendo la verdad? Cuéntame en los comentarios: ¿un hombre como Mason merece una segunda oportunidad... o solo consecuencias?

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