“¡Señor, esos gemelos están en el orfanato!” reveló el niño pobre al millonario de luto…

¿Que alguien organizó estos papeles sin seguir un proceso real? Respondió él sin apartar la vista. o que nadie revisó correctamente. Sea lo que sea, algo no encaja. Lucía se llevó una mano al pecho. No, no quiero pensar que hubo errores. No quiero imaginar que nada de lo que creímos es cierto. Victor cerró el documento con cuidado. Por eso mismo necesitamos aclararlo. No para soñar, sino para entender qué pasó realmente. Lucía lo miró fijamente y en sus ojos había una mezcla peligrosa de miedo y curiosidad.

Victor, ¿tú crees que el niño dijo la verdad? Él tardó unos segundos en responder. Finalmente habló con una sinceridad que le dolió decir, “Creo que habló como alguien que no tenía motivo para mentir.” Lucía apartó la mirada buscando estabilidad en el silencio de la casa. Victor volvió a sentarse y ordenó los documentos en una línea sobre el escritorio, como si intentara reconstruir una historia que nunca les contaron por completo. Cada papel que colocaba parecía abrir una nueva grieta en la versión oficial de lo ocurrido.

“Mañana”, dijo al fin rompiendo el silencio. “Volveré al cementerio. No pienso perder esa oportunidad.” Lucía tragó saliva y preguntó con voz baja. ¿Quieres que te acompañe? Victor la miró solo si te sientes preparada. Ella reflexionó unos instantes. Sí, estaré contigo. Él asintió agradecido. La noche terminó con las carpetas abiertas sobre la mesa y la decisión clara en el aire. No podían quedarse con la duda. Mientras apagaban las luces y subían las escaleras, Victor se detuvo a mitad del camino, mirando hacia el estudio, como si aún quedara algo por descubrir allí mismo.

Pero no era el momento. Lo descubriría mañana con el niño. Con la verdad. Victor despertó antes de que amaneciera. La tensión acumulada no le permitió descansar. Durante toda la noche, su mente volvió una y otra vez a los documentos revisados, a los detalles inconsistentes y, sobre todo, a la voz del niño bajo la lluvia. Era imposible ignorar lo que había escuchado. Se vistió en silencio y bajo las escaleras dispuesto a salir. Al abrir la puerta, encontró a Lucía apoyada en el marco, con el rostro aún cansado, pero decidida.

No voy a dejar que vaya solo, dijo suavemente. Victor asentó. Sabía que ella también necesitaba respuestas, por difíciles que fueran. El trayecto hasta el cementerio transcurrió entre silencios largos. La ciudad parecía detenida bajo el cielo gris. La tormenta había quedado atrás, dejando un aire húmedo y frío que encajaba con la inquietud que ambos cargaban. Al llegar se dirigieron hacia los puestos de flores que comenzaban a abrir. Victor se acercó al primer vendedor, un hombre mayor que acomodaba ramos sobre una mesa improvisada.

Disculpe, comenzó. Ha visto a un niño por aquí. Ayer estaba en el cementerio cabello oscuro, algo delgado. El florista lo observó unos segundos antes de responder. Sí, lo conozco de vista. Viene de vez en cuando, a veces ayuda a mover cosas. Creo que pasa la noche por esta zona, respondió con tono amable. Lucía y Victor intercambiaron miradas. Era una pista. Agradecieron y caminaron hacia la entrada lateral, donde un cuidador barría hojas húmedas. Victor repitió la pregunta. Lo he visto sentado por allá junto al muro dijo el hombre señalando una acera cercana.

No molesta, solo pasa el tiempo. Eso bastó. Siguieron la dirección indicada y al doblar la esquina lo encontraron. Emiliano estaba sentado en la acera con las piernas cruzadas, frente a él varias monedas ordenadas en filas pequeñas. En su mano sostenía un trozo de pan que mordía con tranquilidad. La mañana gris lo envolvía, pero él parecía ajeno a todo. Concentrado en su pequeña tarea, Victor sintió un impulso que mezclaba inquietud y urgencia. Caminó hacia él. Emiliano llamó con voz controlada.

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