El niño levantó la mirada, no mostró sobresalto ni desconfianza, simplemente reconoció al hombre y en sus ojos apareció una expresión breve pero significativa. Entendía que Victor había regresado porque lo había tomado en serio. Pensé que quizá no vendría, dijo en voz baja. Lucía se acercó unos pasos, pero dejó que Victor hablara primero. Necesitamos hablar contigo dijo él. Lo que mencionaste ayer es importante. El niño asintió. No quise causar problemas, murmuró mientras dejaba el pan a un lado.
Solo dije la verdad. Aquella naturalidad golpeó a Victor más de lo que esperaba. No había dramatismo ni nervios, solo una certeza tranquila. Victor se agachó para estar a su altura. Ayer mencionaste a dos niños, comenzó. Dijiste que los viste. ¿Podrías contármelo otra vez? Necesito estar seguro de que hablamos de las mismas personas. Emiliano no dudó. Sí, señor. Se tocó la muñeca señalando un punto específico. Uno tiene un lunar aquí, muy pequeño, casi redondo. Lucía contuvo la respiración.
Ese detalle era exacto. Luego el niño frunció la nariz de forma muy particular, un gesto breve que Victor reconoció de inmediato. Matías lo hacía desde bebé, siempre que sentía frío o estaba incómodo. El corazón de Victor latió con fuerza, pero esperó sin interrumpir. Y cuando duermen, continuó Emiliano, se quedan abrazados siempre juntos. Aunque haya ruido o se despierten asustados, no se sueltan. Lucía llevó una mano al pecho. El gesto fue involuntario. Victor cerró los ojos un instante mientras procesaba lo que acababa de escuchar.
No eran datos generales ni coincidencias, eran rasgos íntimos que solo alguien que hubiera visto a los gemelos podría conocer. Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró con la mirada tranquila del niño. Emiliano, ¿dónde los viste?, preguntó con suavidad, sin presionar. El chico bajó la vista por un momento. No están lejos respondió. Están en un lugar donde duermen algunos niños. Yo también estuve allí algunos días. Lucía se adelantó un poco, cuidando cada palabra. ¿Estaban solos? ¿Tenían algo para cubrirse?
Emiliano pensó antes de responder. Parecían cansados. Tenían frío. Les di un poco de pan porque uno de ellos estaba despierto y el otro lo abrazaba fuerte. dijo sin exagerar, como si relatara algo cotidiano. Victor sintió un nudo en la garganta. Lo que escuchaba era demasiado concreto para ignorarlo. Emiliano dijo con una mezcla de determinación y cuidado. Necesito que me lleves a ese lugar. No importa cuándo, quiero verlos con mis propios ojos. El niño no tardó en responder.
¿Puedo llevarlos? Dijo con tranquilidad. Sé cómo llegar. Victor sintió que el mundo cambiaba de posición. No era una promesa vacía. La firmeza en la voz del chico lo decía todo. Lucía se inclinó apenas hacia él. “Gracias por confiar en nosotros”, susurró. El niño bajó la mirada como si no estuviera acostumbrado a que alguien le agradeciera algo. Guardó las monedas en su bolsillo, tomó su pequeña bolsa y se puso de pie. No había tensión en su postura, solo una serenidad extraña para su edad, como si entendiera que lo que estaba a punto de mostrar podía cambiarlo todo.
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