Victor observó al niño durante un largo segundo. La duda que lo había perseguido durante meses se transformaba ahora en un impulso real. Seguir adelante, descubrir la verdad y enfrentar lo que viniera después. Emiliano ajustó la bolsa sobre su hombro. Si quiere, podemos ir cuando usted diga. dijo con sencillez. Victor asintió, sintiendo como la incertidumbre y la esperanza comenzaban a entrelazarse dentro de él de un modo que ya no podía contener. Victor observó a Emiliano mientras el niño ajustaba la bolsa sobre su hombro.
Había algo en su manera de moverse, una mezcla de cautela y costumbre que indicaba que conocía bien los alrededores. Lucía permaneció a su lado intentando controlar la ansiedad que crecía con cada paso. ¿Está lejos?, preguntó Victor mientras comenzaban a caminar. No mucho, respondió Emiliano. Pero no se llega por calles principales. Hay que entrar por detrás. Aquellas palabras despertaron una inquietud silenciosa, aunque ninguno lo comentó. El niño avanzaba con paso firme, acostumbrado a transitar espacios que para ellos resultaban desconocidos.
Siguieron por una avenida lateral, cruzaron una zona donde las veredas mostraban desgaste y más allá tomaron un pasillo estrecho entre dos construcciones antiguas. El lugar parecía olvidado por la ciudad. Lucía miraba alrededor con discreción, tratando de no mostrar su creciente nerviosismo. “Vienes por aquí todos los días?”, preguntó ella suavemente. “A veces”, contestó Emiliano sin detenerse. “Hay caminos más cortos si uno no quiere que lo vean.” Victor intercambió una mirada breve con Lucía. No era el momento para preguntas adicionales, pero la frase quedó grabada en su mente.
Tras una serie de giros, llegaron a un muro alto cubierto por enredaderas secas. Emiliano se detuvo y señaló un punto hacia la derecha. Por ahí indicó, había una abertura, posiblemente hecha por el deterioro del muro, lo suficientemente amplia para que una persona pudiera pasar inclinándose un poco. El niño atravesó primero para mostrarles el camino. Victor lo siguió. Lucía pasó detrás cuidando no tropezar con los restos del ladrillo desmoronado. Al otro lado, el ambiente cambió de manera notable.
Se extendía un terreno amplio con baldosas rotas y restos de antiguos juegos infantiles oxidados por el tiempo. Al fondo se levantaba el edificio del albergue orfanato, con paredes manchadas por la humedad y ventanas sin mantenimiento. “Es aquí”, dijo Emiliano señalando la estructura. La palabra orfanato no estaba escrita en ningún lugar visible, pero la arquitectura hablaba por sí sola. Era un edificio de responsabilidad pública, aunque en evidente abandono. Se acercaron lentamente. La entrada principal tenía la puerta entreabierta, no por descuido reciente, sino por desgaste.
La madera ya no encajaba bien en el marco. Dentro el pasillo estaba en penumbra. Solo entraba luz por las ventanas laterales, lo que provocaba sombras alargadas en el piso. Lucía se llevó una mano al pecho, intentando sostenerse emocionalmente ante el aspecto del lugar. Victor avanzó con prudencia, atento a cada detalle. “Este sitio debería estar cerrado”, murmuró él. Emiliano asintió. Lo están cerrando, pero todavía quedan cosas sin ordenar. El niño caminó por el corredor central, acostumbrado al silencio.
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