“¡Señor, esos gemelos están en el orfanato!” reveló el niño pobre al millonario de luto…

Mientras caminaban, Victor observaba cada detalle: puertas entreabiertas, habitaciones vacías, estantes sin uso. Todo parecía detenido en el tiempo. Le impresionaba pensar que en ese entorno tan distante de cualquier cuidado pudieran estar sus hijos. Una idea lo atravesó de forma repentina, causando un impacto profundo. Si estaban ahí, ¿cuánto tiempo habrían pasado solos? ¿Cómo habrían sobrellevado el miedo o el frío? Era difícil imaginarlo sin que el corazón se agitara. Emiliano se detuvo frente a una puerta estrecha cuyo marco tenía astillas visibles.

“Aquí”, dijo con un tono casi ceremonioso. Victor y Lucía intercambiaron miradas tensas. Habían esperado este momento desde que el niño pronunció aquella frase en el cementerio, pero enfrentarlo tan pronto en un sitio tan inhóspito, removía emociones que no estaban preparados para procesar. Emiliano empujó la puerta con suavidad. El sonido fue leve, pero suficiente para quebrar el silencio absoluto. Dentro había una habitación pequeña, iluminada solo por la luz que entraba desde una ventana lateral sin cortinas. El aire estaba frío.

En el suelo había dos colchones delgados colocados uno junto al otro. En uno de ellos, dos figuras infantiles estaban recostadas muy juntas, como si buscaran protección mutua. La escena se volvió borrosa para Lucía por un instante. Sus ojos se llenaron de lágrimas antes de que su mente pudiera organizar el pensamiento. Eran ellos. Victor sintió que algo dentro de él se desmoronaba. No un derrumbe doloroso como el que había vivido cuando recibió la noticia meses atrás, sino uno completamente distinto, inesperado, inmenso, casi irreal.

Era como si el mundo hubiera cambiado de forma frente a él. Los niños estaban despiertos, aunque tensos. Al escuchar la puerta, uno de ellos se incorporó ligeramente. Tenía el cabello enmarañado y la mirada alerta. casi defensiva. El otro se aferró a su brazo buscando apoyo. Ambos llevaban ropa sencilla, detalles que no correspondían como si alguien se las hubiera dado sin mucha atención. Sus rostros estaban limpios, pero evidentemente cansados. “Está bien”, murmuró Emiliano, avanzando un par de pasos hacia ellos.

No pasa nada, ellos no quieren hacerles daño. Los dos niños reconocieron su voz de inmediato. El que estaba sentado se relajó apenas, aunque no soltó el brazo de su hermano. El otro, más pequeño, levantó la vista y fijó los ojos en Victor y Lucía. Había algo en esas miradas que no necesitaba confirmación. No eran solo rasgos similares, era una conexión profunda, algo que cualquier padre reconocería al instante, una huella que el tiempo no borra. Lucía llevó ambas manos a la boca tratando de contener un soy que estaba a punto de escapar.

Santiago susurró sin poder evitar que la voz temblara. El niño mayor ladeó la cabeza confundido. No reaccionó enseguida. No dio un paso hacia ella, solo observó. Intentando comprender quiénes eran aquellas personas, Victor sintió que las piernas le flaqueaban. Dio un paso al frente, apenas un poco, sin invadir el espacio de los niños. No quería asustarlos, no sabía cómo acercarse sin romper algo delicado. Fue entonces cuando lo vio, en la muñeca del niño menor, entre la ropa que le quedaba grande, había una pulsera hospitalaria, vieja, pero intacta.

El plástico estaba opaco por el desgaste. Pero el nombre estaba allí impreso con claridad, Matías Montes Herrera. Victor llevó una mano al pecho como si necesitara sostenerse para no caer. Todo el aire pareció desaparecer de la habitación. Sus ojos se llenaron de lágrimas sin previo aviso. Lucía, incapaz de contener más tiempo la emoción, avanzó un paso y luego dudó, sosteniéndose en el marco de la puerta. Quería correr hacia ellos, abrazarlos, besarlos, pero algo dentro le decía que debía actuar con cuidado.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.