Cuando volvió a abrirlos, observó a sus hijos como si los viera por primera vez, con el alma desgarrada y al mismo tiempo aliviada, con el dolor del tiempo perdido, pero también con una certeza renovada. No era una ilusión, no era un error, era real. Los dos niños estaban vivos. Emiliano se incorporó despacio, dejando un espacio simbólico para que Victor y Lucía ocuparan ese lugar que llevaba meses vacío. El niño mayor, aún con la pulsera visible bajo la manga, movió ligeramente la mano hacia adelante y su mirada se suavizó un poco más.
Lucía se cubrió la boca con las dos manos tratando de contener un llanto silencioso. Victor, con lágrimas que ya no podía ocultar, comprendió en ese instante que cualquier versión oficial carecía de sentido frente a lo que tenía frente a los ojos. La verdad estaba allí respirando, abrazada entre dos niños que habían sobrevivido de un modo que aún no lograban explicar. y lo que había sido escrito en documentos, sellos o informes, ya no tenía poder sobre esa realidad.
El silencio dentro de la pequeña habitación se mantuvo unos instantes, como si el edificio quisiera absorber todo lo que estaba ocurriendo. Victor y Lucía permanecían arrodillados frente a los niños, incapaces de apartar la mirada. Emiliano, que hasta ese momento había sido la voz guía para los gemelos, dio un paso atrás con respeto. Victor respiró hondo antes de levantarse. No quería presionar a los niños, pero necesitaba entender cómo habían llegado allí. Volvió la mirada hacia el pasillo intentando ordenar sus pensamientos.
Había demasiadas preguntas sin respuesta. Lucía se secó las lágrimas con discreción. La emoción del reencuentro seguía latente, pero también surgía una inquietud distinta. ¿Cómo era posible que sus hijos estuvieran en ese lugar sin que nadie se lo hubiera informado? Emiliano dijo Victor intentando mantener la voz estable. ¿Quién cuida este sitio ahora? El niño lo pensó unos segundos. Hay muy poca gente, respondió. La mayoría ya se fue. Dicen que lo van a cerrar pronto. La confirmación hizo que Victor sintiera un nuevo peso sobre los hombros.
Si el orfanato estaba en proceso de cierre, era evidente que la supervisión debía haber sido mínima en los últimos meses. Pero aún así, ¿cómo dos niños podían quedar fuera de los registros? Necesitamos hablar con la persona a cargo, dijo. Finalmente. Emiliano asintió y les indicó que lo siguieran. Santiago y Matías se quedaron sentados observando con atención. No parecían listos para moverse todavía y Victor no quiso forzarlos. Sabía que volvería en unos minutos. Salieron de la habitación y regresaron al pasillo principal.
La sensación de abandono del lugar ahora adquiría un significado más profundo. No era solo un edificio viejo, era un sistema desordenado que, sin supervisión había permitido que dos niños quedaran invisibles. Emiliano los llevó hacia una oficina al final del pasillo. La puerta estaba entreabierta. Dentro, una mujer de mediana edad revisaba cajas llenas de documentos. Su rostro mostraba cansancio, como si las obligaciones de la desactivación del lugar la hubieran sobrepasado por completo. “Señora Clara”, dijo Emiliano con suavidad desde la entrada.
La mujer levantó la vista. Al ver a los recién llegados, su expresión cambió de sorpresa a incomodidad. Se acomodó las gafas y dejó los papeles sobre la mesa. “¿Qué ocurre, Emiliano? Pensé que estabas en las habitaciones del fondo. El niño dio un paso al lado para que Victor y Lucía quedaran visibles. Ellos quieren hablar con usted. La directora del orfanato se incorporó lentamente. Buenos días, saludó con un tono formal. No esperaba visitas. ¿Puedo ayudarlos en algo? Victor se acercó intentando calmar la tensión implícita.
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